El despertar del cuerpo

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El aislamiento termina. Pongamos que hablo de un ashram, de un retiro de silencio, de un viaje largo en soledad. Pongamos que hablo, incluso, de una clínica de rehabilitación, de una estancia prolongada en cuidados paliativos. El asunto es que el confinamiento, que en realidad es liberación, llega a su fin. Uno mira en retrospectiva y acepta que el inicio fue duro: que si desaprender fue doloroso, desintoxicarse resultó casi inhumano. Pero una vez que el sendero se hizo visible, así mismo los pasos que habían de darse. Entonces el calabozo ya no es más un calabozo: entonces uno entiende que, de hecho, nunca lo fue. Las flores crecen en el lavamanos, una come con gusto y lee, y amamanta, y llora de amor cada vez que ve a su crío, y no le importa si la boca le huele a mierda o si tiene la herida infectada, o si la casa es un desastre porque el amor en el ashram, en el retiro, en el viaje largo y en la cuarentena se respira, y abre los canales del cuerpo como si fuera alcanfor.

Pero el aislamiento termina, los cuarenta días se acaban y hay que aplicar los conocimientos adquiridos durante el idilio para hacerse dentro del mundo. Se sufre de pronto porque hay nuevas formas, nuevos colores, las cosas tienen nombres nuevos: el gato que era hijo ya no es hijo sino solo gato-gatito; el cansancio sobrepasa la ilusión y refleja la verdadera necesidad de uno mismo; y el espejo, tan asediado durante nueve meses, tan ignorado en la cuarentena, se convierte en el flamante enemigo.

Y una va y paga tres baños de hierbas para que la depuren, y se deja lavar el pelo sentada en una sillita de plástico, desnuda, y se vuelve niña de nuevo y se suelta a llorar. Y una acepta que la matrona de la familia le dé masajes para liberarla de tantas emociones guardadas, y se deja manipular el vientre para devolver el útero a su tamaño, y se deshace en lágrimas gordas porque hace diez meses que protegía esa parte de su cuerpo con todo lo que la hacía sentir mujer.

Y una intenta hacerse una rutina y va a una clase de yoga, y cuando le piden que apriete el abdomen, levanta los codos y se siente loca. Y va, entonces, a una clase de spinning donde le ordenan que cierre la cadera y se imagina redonda –dentro de esa misma locura–, bella, sentada sobre una pelota de pilates, haciendo círculos y botando rítmica, abriendo cada músculo, para parir abierta e inmensa. ¿Quién le enseña a una a contraer, a cerrar y a contener otra vez después de tanta apertura?

Pero la historia no acaba aquí. Porque una se va a la cama con la pijama más vieja y grande que le pudo robar al marido y descubre que su ombligo es profundo, y que es en la superficie de esa misma profundidad sobre la que varias veces al día descansa un niño perfecto que respira. Y que no se trata de volver al cuerpo sino de despertar a él: de darle su tiempo, de moverlo despacio, de irlo sintiendo y conociendo con la misma curiosidad y ternura que inspira el que ahora, como por acto de magia y milagro, una se atreve a llamar “mijo”.

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