Del odio al amor hay unos pasos de baile

 

Porque el chiste es fastidiarnos, ¿no?

Según recuerdo, el primer round de odio en el que me enfrasqué fue contra mi abdomen, por ahí de los 11 años de edad. Posteriormente, la denominada auto madriza se dejó venir con furia: tuve una etapa bastante complicada con respecto a mis brazos y a la anchura de mis hombros; en otro momento detesté también mis pechos, mis piernas, mis pies de Pedro Picapiedra (mis hermanas, autoras intelectuales del apodo, continúan pensando que haber maquinado el sobrenombre fue una genialidad). Todo esto, deliciosamente sazonado por episodios en los que me amaba con pasión desmedida y me sentía la niña, puberta, adolescente o mujer más bella, inteligente y deseada en el universo. Supongo que, lejos de catalogarme como un alma extraviada, algunas de ustedes se identificarán conmigo y con mis actitudes extra polares. ¿Qué parte de mi cuerpo no habré odiado según la edad, la hora del día, el diagrama lunar, la etapa de mi ciclo menstrual, el novio en turno, la magnitud de la resaca, el trabajo acumulado o la estación del año, en todo el tiempo que llevo respirando en este planeta? Ahora mismo, por ejemplo, tengo graves problemas con una puta joroba que me ha estado cazando durante años, pero que con las impensables posturas que una adopta durante la maternidad  para que el crío esté en completa paz, se ha venido a plantar con absoluto descaro –y con su prominente curva– para hacer de mi perfil un ángulo miserable.

Si les soy un poquito más honesta (sí, siempre se puede más), al contrario de lo que pensaba, después de dar a luz no me urgí a recuperar mi cuerpo, tampoco me puse a pensar que el tiempo apremiaba o que había que apurarme para volver al trabajo, a la calle, a la cotidianidad. Todo era tan nuevo, tan doloroso y hermoso al mismo tiempo, tan abrumador –lloraba igual si veía a un mosco colarse por mi ventana o a mi esposo entrar por la puerta o a Jonás abriendo los ojos después de cada una de sus siestas, absolutamente incrédula, y le decía entre sollozos: “yo soy tú mamá”–, que no prestaba mucha atención a eso de poner en su lugar aquellas partes de mi cuerpo que, para empezar, antes de embarazarme, no estaban –según mi duro juicio– ni cerca de la perfección con la que siempre había soñado. ¿Volver a qué, entonces? ¿A lo que de por sí me caía gordo por épocas? ¿Para qué? ¿Con qué objetivo?

Claro que ya por la nochecita, en calzones de adulto mayor, toalla sanitaria XL y brasier de lactancia, me topaba con las #fitmoms de Instagram, quienes con cuatro semanas post parto parecían haberse recuperado de un resfriado en lugar de haber parido un hijo y me preguntaba cómo fregados habían llegado a ese punto, y después me consolaba con que quizás tenían otro tipo de cuerpo u otro metabolismo, otra constitución, otra forma de vida y otras prioridades y que, en resumidas cuentas, pertenecían a un planeta muy pinche lejano al cual no me interesaba tener acceso porque como decía Pedro Infante: “Yo soy quien soy y no me parezco a nadie”, bai gracias- block user- bai no quiero volver a ver a esta señora hasta que esté yo bien pinche buena- hasta nunca gracias de nuevo bai. Pero la realidad, ésa que nos recuerda lo deliciosa y sabia que es la madre tierra, me devolvía a mi centro por la mañana: ése donde la prisa no existía y donde lo único importante era estar presente.

La liberación

No recuerdo con exactitud cuándo fue, pero un día especialmente complicado y retador mi esposo llegó temprano a casa, se hizo cargo de Jonás y me pidió que me tomara el resto de la tarde. Fui directo al baño: me desnudé con cuidado, todavía sensible por la herida de la cesárea, hinchada, sintiendo cómo mi cuerpo se estrenaba en una piel que había dejado de ser elástica. El vapor de la regadera empañó el espejo y Spotify seleccionó “Fantastic”, de Flume, apenas hice clic en ese botón verde que más que canciones aleatorias regala descubrimientos. Y dejé de verme, pero empecé a sentirme completita; era como si estuviera descomprimiéndome con cada respiración. No quise llorar, aunque experimenté una alegría intensa que me rebasó de un momento a otro y tuve una necesidad enorme de empezar a mover el cuerpo. Dejé de preocuparme por lo que pasaba fuera y comencé a tocarme de a poco: brazos, piernas, rostro, abdomen, nalgas, caderas… Llevaba casi dos meses sin tener contacto consciente con mi propio cuerpo. El espejo empañado, los distintos ritmos en shuffle, ese espacio solo para mí que tantas veces subestimé, la recién adquirida libertad: MI libertad.

Bailé (y bailé mucho). Bailé hasta que el vapor inundó el baño y me envolvió el cliché. Bailé de nuevo en la regadera, abajo y afuera del chorro de agua caliente. Bailé hasta que mi esposo se acercó a tocar la puerta y me preguntó si todo estaba bien porque habían pasado ya dos horas y media desde que había entrado al baño. Dice que me sacó exhausta, deshidratada, que me ayudó a vestirme y me metió en la cama. Me cuenta que hizo todas las preguntas que pudo para entender lo que había estado haciendo allí dentro, pero que me limité a contestarle: “Oye, creo que me gusto mucho otra vez”. Y es que bailé hasta que mi cuerpo dejó de pesar, hasta que en lugar de materia fui la ausencia que llevaba pidiendo a gritos sin saberlo, propiciada –en un inicio– por un espejo prestidigitador; consciencia rebotando por las esquinas de un pequeño espacio o de un no-espacio, porque entonces tal vez bailaba para adentro y me alojaba en mí, y entendía que ser madre no iba a matarme dos veces y que mi parte sensual seguía ahí, más poderosa y bella que nunca. Y entonces, como si la experiencia no hubiera sido suficiente, comprendí que cada parte de mi cuerpo, cada fracción a la que en algún punto yo le había dicho: “me revientas el orto”, había sido fundamental para mantenerme en movimiento. Bailé con TODO mi ser. Y ese baile, por lo que recuerdo, estuvo lleno de amor.

El seguimiento

Por ahí del segundo mes post parto empezaron las cosquillas de volver al ejercicio, de desempacar los viejos jeans y de ponerme metas reales para ver cómo iba reaccionando mi “yo” recién nacido. No me pregunten cómo pero me colmé de paciencia. Yo, que me metía cualquier chocho para dar el bajón, que me restringía durante días para caber en un vestido y que le tuve pavor a los carbohidratos durante años, hoy me la llevo tranquila porque una extraña fuerza –que no es precisamente Clonazepam– me tiene viviendo el día.

Es evidente que mi cuerpo continúa cansado, que aún debo perder algunos kilos, que los rastros de haber gestado a Jonás durante casi 10 meses siguen presentes. Así que ahora camino desnuda por mi casa como parte de este ritual en el que le doy la bienvenida a mi nuevo cuerpo y le cuento mis planes para fortalecernos juntos. Entiendo que me encuentro en un proceso y me repito constantemente que es, de hecho, un proceso que no me ha impuesto nadie. Me hablo en voz alta. Bailo, bailo, bailo sin fronteras. Dejo las ventanas abiertas y las persianas arriba porque yo no me miro con morbo y, si alguien alcanzara a verme, solo sería testigo de otro momento dichoso en el mundo. Bailo como si hubiera estudiado danza contemporánea. Jadeo, me conecto: inhalo a corazón, exhalo a útero. Cierro los ojos y de vez en cuando los abro para observarme bien. Me paso las manos por la piel, me disfruto: estoy en mí y la música me acompaña, formo parte de un presente que nadie vive más que yo. Soy el único vestigio, mis sentidos se alertan, se condensan y se expanden. A veces, cuando todavía soy materia, me convierto en antílope, en serpiente, en medusa, en faisán. Bailo hasta fatigarme, hasta que alguien toca el timbre, hasta que mi hijo lanza el primer llanto de la tarde, hasta que llega mi esposo y me sorprende vulnerable, desafiando a la gravedad con mi ligereza. Bailo, repito, para entrar en contacto con todas esas fracciones del cuerpo que he detestado a lo largo de mi vida y que ahora son las responsables de que pueda agitarme sin limitaciones.

Y, luego, en un momento, me llevo las manos a la parte que más me cuesta trabajo aceptar, le regalo su propio pulmón y la respiro profundamente. Dejo que se hinche, que se haga pequeña con cada respiración: que me moleste, que me duela, que desaparezca. Bailo. Y cuando la revolución termina, me acerco otra vez al espejo: mi voz se escucha fuerte y clara cuando sé pedir perdón. Acaricio lo que hasta hace horas detestaba: le digo cuánto siento los pellizcos, los puñetazos, las miradas abominables, las palabras hirientes. La acaricio, le retiro el pulmón que le había colocado y la dejo seguir siendo. La paz, al menos por hoy, está hecha.

 

 

 

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