Muerte y principio

Entro lentamente en mi dádiva a mí misma, esplen- dor dilacerado por el cantar último que parece ser el pri- mero. Entro lentamente en la escritura como he entrado en la pintura. Es un mundo enmarañado de lianas, síla- bas, madreselvas, colores y palabras, umbral de entrada a la ancestral caverna que es el útero del mundo y del que voy a nacer.

Clarice Lispector

mqnm.sq

 

Mi nombre es Ana Carina Alanís y morí el 29 de diciembre de 2017 a las 18:25 hrs. Fallecí después de una agonía de 41 semanas con tres días. Fallecí cuando mi primer hijo vino al mundo, al tiempo que una canción de Sam Smith sonaba de fondo, medio adormilada a causa de una dosis mayor de analgésico contra la que tuve que pelear para comprender lo que sucedía a mi alrededor. Fallecí acostada, herida, con las piernas lacias, ahogada en lágrimas. Ni de pie, ni en total control de mi cuerpo, ni diosa ni sonriente, ni empoderada ni despierta, como lo había planeado meses atrás. Jonás, mi hijo, vino a este mundo a fracturarme a su manera: me hizo entender con su infinita sabiduría que la estrella del espectáculo no era precisamente yo y me despojó por completo del ego desmedido con el que había llegado esa misma tarde a la sala de parto.

Madre que no miente se gestó, justamente, a partir de esa experiencia. Muchos saben que mi idea de tener un hijo se concentraba en llevar al límite las manecillas de mi reloj biológico. No me gustaban los niños, ni las mamás de los niños, ni los aviones o los restaurantes donde hubiera niños, ni los niños bonitos de los comerciales, ni la idea de lo que le pasaría a mi cuerpo, a mi vida profesional y de pareja cuando un niño se me cruzara en el camino. Pero Míster Yunibers, gran genio hijo de puta, me sorprendió en abril del año pasado y la noticia me mantuvo en estado de shock durante un periodo que parecía no tener fin. Poco después de cumplir el tercer mes de gestación logré dejar a un lado la tragedia que me tenía a punto del suicidio, me abrí a las circunstancias y comencé a recibir lecciones enormes del futuro chilpa, mismas que culminaron en la lección más grande de todas el día de su nacimiento.

Sin convertirme en una sonaja maternal porque no gracias, durante meses leí todo lo que pude acerca de maternidad, fui a talleres de meditación, al famoso curso psicoprofiláctico, aprendí lo que era una placenta, a contar las semanas de embarazo, a tomar no más de dos copas de vino, a vivir el ocio en su forma más pura y a disfrutar mi estado. Escribí cómo quería que fuera la llegada de mi hijo: me dibujé pariendo a colores, iluminada, enraizada por la Pachamama y sostenida por el Sol.  Si había tomado la decisión de hacerlo, entonces iba a hacerlo bien: a lo canijo, en crudo, apelando a ese particular gustito mío por el dolor, comprometida con mi nueva causa. Una chingona montándose en la bicicleta a los 8 meses de embarazo, abriendo caderas, teniendo sexo salvaje hasta el último día de su preñez, lista para expulsar al crío en dos pujos.

Pero, pues, pito. Básicamente, pito. Nada salió como estaba planeado. Esta madre que no miente se topó con una placenta infartada, una cesárea de emergencia y murió justo como no quería.

Una vez despojada de mi propia corporalidad volví a la vida de la mano de mi hijo. No sé cómo pasó, pero al verlo entendí que el parto no se trataba de mí ni de mis técnicas para colgarme medallas y que, muchas veces, las cosas no se dan a placer porque los seres humanos tenemos un tino glorioso para tomarnos todo personal. Si son críticas van con la flecha directo hacia nosotros, si son reclamos, si son preguntas, halagos, flores, condecoraciones: todo lleva nuestro nombre. Para bien o para mal, el reflector debe apuntarnos porque el ego nos precede. Y una vez que nos sentimos lo suficientemente alumbrados, una vez que somos visibles ante el mundo, para bien o para mal llegan los remordimientos, las dudas, el látigo personalizado con púas en el remate.

Cuando recién nací, el 29 de diciembre de 2017 a las 18:26 hrs., me reconocí en un cuerpo que no puede verse ni tocarse, pero que se vive bien ligero. Pensé en mí como una mujer nueva a punto de explorarse desnuda, vulnerable e inocente, que daba sus primeros pasos con torpeza para intentar guiar –desde el puro instinto– los de alguien más. ¿Cómo podía estar en duelo y de fiesta al mismo tiempo? Madre y mujer. Mujer madre. La diosa que es diosa porque puede nutrir, mas no porque sabe devorar. La madre que no miente porque ha perdido la capacidad de esconder las verdades, porque ha tenido la más grande y hermosa verdad frente a sus ojos.

MQNM es un proyecto que inicié para todas aquellas mujeres dispuestas a perdonarse a sí mismas, a honrarse, reconocerse y ponerse en contacto con su cuerpo interior. Es exploración que no cesa, conciencia, despertar, poder y dualidad. Una MQNM es mujer y espejo: es tribu y poder. Una MQNM baila con sus miedos, los acaricia, los despide a besos. Se mira desde adentro, se contempla en su presente sin expectativas y se acepta en sus procesos. Se vive entera: vuela, se arraiga, se trastoca, serpentea, florece.

 

 

 

 

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